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Me desperté sudando esa tarde. Me tomé una pastilla porque necesitaba descansar. Cuando abrí los ojos, me llevó cinco minutos recordar qué hacía allí. Fui al baño, me lavé la cara con agua caliente, ardiendo. El rostro se puso rojo. Cogí la toalla que colgaba detrás de la puerta, hasta que no la restregué en mi cara no me di cuenta de lo mal que olía. Dejé la toalla colgada, impregnando el baño con su asqueroso hedor. Mientras me acercaba al sofá, pude ver dos sombras correteando por el pasillo. Una jugaba con mi camiseta, la otra con mi ropa interior. Quise unirme a ellas.
- Diles que paren -, le solté a una tercera sombra. Salió de detrás del armario. O no, era una puerta.
- No puedo.
- No quieres.
- También.
El sofá me había abierto sus brazos de nuevo, así que me derrumbé en él. Esta vez no había pastillas, solo hacía tiempo hasta que las sombras me devolviesen mi ropa.
- No quiero que te quedes.
- Tranquilo. Es por las sombras. En cuanto terminen, no existiré.

