Estás navegando por los archivos mensuales para mayo 2010.
Carolina. 16’00h. Cerveza, Band of Horses, tirada en una cama y con la Rolling Stone de este mes leída a la mitad.
Carolina. 03’00h. Eddie Vedder o Sia, no muy alto. Teína, no cafeína. Sentada en una silla delante de una ridícula mesa verde. Enfrente la televisión que no es televisión. Cotilleando, apagada.
Dos días diferentes o el mismo día, da igual. Tocar fotos, manosearlas, darles la vuelta, levantarles la ropa para ver qué hay debajo… Lo mejor de todo? Que te conviertas en un niño otra vez, que lo que se te pase por la cabeza lo pidas y lo hagas. Poner la mente en blanco y que se filtre lo inesperado.
Dolor de cabeza. Ojos rojos. Cama.
El otro día me di cuenta de una cosa. A lo mejor debí haberme dado cuenta antes, incluso es posible que ya lo supiese, pero cuando lo escuchas en la boca de alguien que no eres tú, suena como diferente, como algo nuevo. Una amiga (Ana), en uno de mis estados de facebook, comentó “lo bueno de tener una amiga fotógrafa es que siempre te va a documentar las cosas visualmente”. Fue leer eso y una bola del tamaño de una pelota de golf me subió hasta la garganta. Y me dije: “Coño, ¡que ya casi soy fotógrafa!”. Muchos ya me considerarían como tal con sólo verme por la calle con una cámara de fotos o con el simple hecho de saber que estoy estudiando Fotografía. Todavía queda mucho. Y cuando digo mucho, es MUCHO. La Fotografía es una carrera de fondo, aprendes una base en 6 meses, e incluso menos si me apuras. Pero la luz ha estado ahí durante… siempre. Y es complicado manejarla, conocerla, saber qué va a hacer, cómo va a reaccionar, anticiparte a ella. Y de pronto descubres que a veces puede ser tu mejor amiga y otras tantas el peor personaje que puedas encontrarte.
Y todo ello venía por el título de la entrada: “Documentar”. Eso es lo que hago con mis fotos, o al menos lo que intento y empiezo a conseguir. Documentar mi vida, trasladar lo que tengo en la mente a una máquina que cumple unas órdenes, las mías. Eso sí, y aviso a todos, la Fujica me habló y me dijo que el RGB en mí no existía. Yo la miré fijamente, y muy seria le di la vuelta, abrí su espalda y metí una fría película de 35mm de blanco y negro. De las mejores del mercado, para que no se quejara. Y así empecé mi road trip.
No estoy yo muy segura de ello… El arte contemporáneo no me gusta especialmente, más que nada porque casi la totalidad de lo que veo es pura bazofia reinventada (me encanta esa palabra, posiblemente la más usada en críticas de cine). Luego, me paro a pensar, y llego a la conclusión de que mi fotografía algún día se encajonará en el arte contemporáneo.
Sin embargo, hay otro “luego, me paro a pensar” y es que el arte contemporáneo como tal, especialmente en fotografía, ya no existe. Sí, cierto, el arte contemporáneo ya quedó atrás. ¿Quién se había dado cuenta de eso? Debe ser cuando estaba poniendo el lavavajillas después de comer. Ahora lo que se da son las “Tendencias”. A ver cómo explicamos esto de forma sencilla y simple: cuando se dan nuevas formas de ver el arte y que aún no sabes cómo ni dónde encajar, se les pone “tendencias” y quedas de puta madre. Pero mejor no me desvío del tema.
El arte contemporáneo sí que sigue existiendo. Es bien cierto que inevitablemente surge un nuevo colectivo contrario a lo que se ha estado dando. Posiblemente vuelvan al pasado (tal y como se “tiende” hoy en día) o posiblemente, como algunos están demostrando, hagan malditas virguerías por las que la envidia me corroe. Sin embargo, el encasillar las etapas de la historia en tipos de arte nunca me ha gustado, aunque es gracias al encasillamiento que los grandes han sobresalido con ese casi invisible ‘¿qué será?’ que gusta tanto. Esos grandes que viven un momento y que, sin darse cuenta, están creando otro.
No es que quiero que se me tome como esos prepotentes inconscientes del arte actual y que no saben considerar lo que tienen delante. Sólo es que me fijo en aquellos que van contra la corriente, aquellos a los que le gusta ir vestidos de color negro en una sala entera pintada de blanco. Que van de puntillas mirando a su alrededor, observando por encima del resto de cabezas.
Y este delirio de casi madrugada viene de la mano (aunque no tiene nada que ver) con haberme tirado casi un día entero buscando una beca que pague, o más bien invierta, dinero en mis estudios artísticos, en mi futuro. Que si España culturalmente está retrasada, que si la educación es deficiente, que si tal, que si cual. Aún espero esa rendijilla de puerta media abierta de la que tirar del pomo con fuerza y estamparla contra la pared. Para gritar y exigir.
That’s what I think.

de Richard Avedon, cómo no.

