Me desperté sudando esa tarde. Me tomé una pastilla porque necesitaba descansar. Cuando abrí los ojos, me llevó cinco minutos recordar qué hacía allí. Fui al baño, me lavé la cara con agua caliente, ardiendo. El rostro se puso rojo. Cogí la toalla que colgaba detrás de la puerta, hasta que no la restregué en mi cara no me di cuenta de lo mal que olía. Dejé la toalla colgada, impregnando el baño con su asqueroso hedor. Mientras me acercaba al sofá, pude ver dos sombras correteando por el pasillo. Una jugaba con mi camiseta, la otra con mi ropa interior. Quise unirme a ellas.

- Diles que paren -, le solté a una tercera sombra. Salió de detrás del armario. O no, era una puerta.

- No puedo.

- No quieres.

- También.

El sofá me había abierto sus brazos de nuevo, así que me derrumbé en él. Esta vez no había pastillas, solo hacía tiempo hasta que las sombras me devolviesen mi ropa.

- No quiero que te quedes.

- Tranquilo. Es por las sombras. En cuanto terminen, no existiré.

 

Carolina Cruz

morning ghost

Se vuelven rojos, aparecen manchas y empiezan a doler. Todas se convierten en una sola, sin color, sin textura, sin fondo.

rebirth

Sufjan se esconde en la cama con las luces en el suelo, llevando tres capas de abrigos, viendo su propio aliento en la superficie de la puerta.

Yo escondo la luz debajo del escritorio, miro mi aliento en la superficie de la ventana y escucho la taquicardia, ese sonido que casi no recordaba y que me espabila.

Sí. Las putas me esperan.

Daido Moriyama

Ocho trozos de espejo le devuelven el reflejo. Se coge una coleta pero algunos pelos se sueltan. Sigue mirándose mientras una nueva canción se repite de fondo una y otra vez. Se quita la sudadera, los pantalones del pijama y los calcetines. Los pies, fríos, se encogen al tocar un suelo aun más congelado. La camiseta le queda grande, le cubre hasta debajo de los muslos. Baja la mirada y se observa los dedos de los pies, con la pintura de las uñas medio quitada. Luego se acuerda: “prueba a ver un día cuánto tiempo eres capaz de estar contigo misma, mírate el espejo hasta que no sepas quién eres”. Se sigue observando, hasta que se da cuenta que un extraño le mira desde el otro lado. ¿Es ese ojo más grande que otro? Una manía de morderse el labio inferior, de alzar la ceja izquierda, incrédula. Se estremece, hace frío en la habitación. Las ventanas están cerradas, pero una brisa entra por alguna rendija. Se da media vuelta y busca la música. Dándose la espalda, el calor vuelve. Mueve un poco la cabeza, mirando de reojo a su imagen, buscando engañarla y cogerla de sorpresa. Pero deja de evitarse y decide plantarse cara. Se quita la camiseta y, desnuda, presta atención a lo que tiene delante. Al cabo de un rato ya no hay sorpresas. El iris se aclara, un extraño y nuevo tono pardo mira desde el otro lado. Suspira profundamente, consciente de que aún hay una prueba que no ha superado. Coge la toalla y se va a la ducha.  Queda atrás esa imagen, lamentándose por no haber sido capaz de mostrar lo que ella realmente es.

La Canaleta, Huelva

Arrugada como una pasa. Encogida como un feto. Cerebro completamente exprimido.

Sequía es el desierto y es el vacío, pero también es sobreexposición y claridad.

Dos semanas. Escribes mierda, sólo mierda. Fotografías nada. Ausencia del todo. La entelequia por lo que podría ser.

Mañana irás a comprar pintura y te creerás que con eso puedes hacer algo. No te engañes.

Deja de contar los días y enfréntate a lo que no tienes. A lo que no quieres ser y en lo que casi te estás convirtiendo.

Suaves notas de piano. Como cuando te acercas con miedo a un instrumento que no es tuyo y que sabes que sólo saldrá ruido, horrible ruido.

Una figura transparente toca las teclas, las aporrea. Te levantas cabreada y gritas, sabes que les duelen los golpes. La figura levanta la cabeza y se queda mirándote fijamente. Acaba de mandarte callar con un gesto de cabeza. Pero ahora ya únicamente eres capaz de mover los ojos. Tu cara y tu cuerpo bloqueados. Diriges tu mirada de sus ojos a sus manos, y luego a las blancas teclas. Los ojos de la silueta abiertos de par en par, sin pestañear, negros como las bemoles. Abre la boca y aspira, como si te pidiera que respires por ella. La opresión aumenta y luchas con fuerza por moverte, por poder escapar de esa cara sin forma… Y suena un acorde. La lucha se detiene. No te has dado cuenta, pero has cerrado los ojos y mueves la cabeza con una sonrisa en los labios, recordando los sonidos. Cuando los abres, aún suena la música pero la figura ya no está tocando. Te observa atentamente mientras un lamento cae en el aire. Acabas de respirar por ella.

Polar y Otro. Tú eres las manos, yo la mirada.

Fotógrafa de profesión estudiante.

Días que vienen y van

enero 2012
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Untitled

"Involuntariamente y con los ojos cerrados, alzó las manos como si cogiera su cámara. Con los dedos, hizo una foto al vacío. Justo después, creyó oír algo. Era su aliento, sofocando un grito de júbilo por haber ganado la partida."

Leyendo

- Primera nieve en el monte Fuji ... Yasunari Kawabata.

- En el camino ... Jack Kerouac.

- Las partículas elementales ... Michelle Houllebecq. (LEÍDO).

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